Una pastelería en Tokio

Crítica de cine por Marta Baena Sanz

UNA PASTELERÍA EN TOKIO (AN)

Directora y guionista Naomi Kawase

Reparto: Masatoshi Nagasae, Kirin Kiki, Miyoko Asada               

Drama (Japón) 2015

Llevaba tiempo con ganas de ver Una pastelería en Tokio y, tras dos intentos fallidos, por fin he podido verla. No llevaba una opinión formada aunque sabía al tipo de película que me enfrentaba, una que recalca el carácter del Japón más puro, que recala en la intimidad de su cotidianeidad y en la parte más reservada de sus vidas. No es un secreto que los japoneses son muy celosos de su intimidad o que en público no expresan sus sentimientos; que en sus relaciones personales son muy diferentes a lo que vivimos y entendemos en otros países. Asumiendo esto, y partiendo de esa base, me sorprende de sobremanera el enfoque sentimentalista que le dan a la película. Que hayan apostado por una historia tan cálida y humana que emociona y consigue empatizar con el espectador de esa manera ha sido algo que no me esperaba, quizá por lo poco se asocia esa forma de ser a la suya. Verles llorar en la pantalla o implicarse emocionalmente ha sido una experiencia de la que he disfrutado.
Un film filme que flirtea con el estilo documental, pues de ficción poco ha absorbido. Un argumento basado en los detalles y cuidadosamente entretejido con un drama perenne como telón de fondo y una nostalgia contagiosa que te mantiene en el filo del llanto.

Tokue, la anciana con un don especial para hacer la salsa An, tiene también la capacidad de tocar el alma y de hacerse un hueco, sibilinamente, en el corazón de su jefe, Sentaro, y del espectador. Por su parte, Sentaro se presenta inicialmente como una persona distante y fría, aunque está pidiendo a gritos ayuda. La relación más importante en la película es la que desarrollan este jefe con su empleada, quien consigue derretir la coraza y colarse en la pastelería para sentirse útil.

El último de los tres pilares sobre los que se asienta esta historia de tres vértices es quizá el que me baila un poco y del que podría prescindir. Sin embargo, la niña simboliza la frescura, la juventud y la esperanza, en este triángulo en el que ya existe la vejez y la madurez. Es también un hombro sobre el que Sentaro se apoya y se sincera, un personaje que, a su vez, existe para que conozcamos al protagonista.

Una historia sencilla pero completa, con moraleja y lección moral incluida, que se alarga en el tiempo y llega en forma de dosis de eternas conversiones pausadas, de anécdotas infinitas y triviales que, al fin y al cabo, son las que abundan y dan normalidad al día a día de cada persona.

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