Teclas negras y blancas

Relato finalista en el concurso de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid) 2012

Lucas abrió los ojos de golpe. Eran las tres de la mañana pero en cuanto le venía a la cabeza una melodía determinada, tenía que levantarse y plasmar las notas en alguna partitura o papel que tuviera al lado.

Corrió al piano, colocó sus manos sobre las teclas y cerró los ojos con fuerza para tratar de recordar cada uno de los sonidos que le habían llegado a la mente mientras pensaba en ella. Extendió las manos y deslizó los dedos sobre las teclas negras y blancas de su piano de cola, instalado en el salón de la vieja casa de sus padres. Era tarde, y mañana tenía clase, y aún todavía más importante, tenía un examen. Pero nada podía pararle cuando una inspiración como aquella le asaltaba en plena noche, cuando relajaba su mente y dejaba fluir su imaginación.

Las notas salieron directamente desde su alma y se convirtieron en sonido, y ese sonido se convirtió en signos musicales escritos en un papel. Un viejo papel arrugado que había visto encima de la mesa de su escritorio al levantarse a toda prisa, que había cogido sin reparar en su contenido. Al darle la vuelta leyó “concurso de relatos cortos” de la biblioteca de su Universidad.

No le importó lo que fuera, necesitaba algún rincón para dejar impresa aquella melodía. Y por eso, escribió y escribió, sólo pensando en ella.

A Sara en cambio sí que le importaba aquel papel arrugado que sostenía en sus manos. Estaba sentada encima de su escritorio, con la ventana abierta, y fumando un cigarrillo, ya que como buena escritora, o aprendiz de escritora, no se había podido resistir al vicio que tanto caracteriza a los literatos.

Miraba al cielo con un toque de desesperación, y después al papel arrugado que llevaba habitando en su mochila por lo menos un mes, cuando lo leyó y lo introdujo sin volver a prestarle atención hasta que hace apenas unos días lo había reencontrado. “Entre líneas” murmuraba, otro concurso de literatura al que quería presentarse y que sabía de antemano que no ganaría.

Su pasión era escribir, no conocía otra manera de abrirse al mundo, pero los últimos intentos que había llevado a cabo habían sido todos fallidos. No sabía si sería capaz de entregarse en otro escrito y que volviera a salir mal parado. Ella sabía que no siempre se puede ganar, pero la idea de perder no la motivaba para intentar nada.

Claro que le importaba perder. Perder significaba fracaso, otro escrito que no podría leer el mundo porque unas cuantas personas, que se había erigido como jueces de arte abstracto, habían decidido que ella no era la que merecía el primer premio.

Le dio una calada más profunda que las anteriores a su cigarrillo, arrugó con fuerza el papel del concurso y lo lanzó por la ventana. Contempló en su caída como se perdía hasta quedar confundido con la oscuridad y oculto ante su mirada.

Volvió a mirar al cielo. No tenía estrellas ni luna, sólo se veía el reflejo de las farolas que estaban lejos de su casa. Y entonces pensó “y si esta vez sí”.

Apagó el cigarrillo contra el alfeizar y tiró la colilla a la papelera. Se sentó corriendo en el ordenador, abrió un documento nuevo, puso en marcha la primera canción que encontró en el escritorio de su portátil, y cerró los ojos esperando a que la música despertara su inspiración.

Lucas continuaba tocando las notas y escribiéndolas en el papel. Cuando creía que los ritmos no encajaban, o que algún sonido era discordante con el resto de sus compañeros, simplemente lo eliminaba. Y volvía a empezar la estrofa hasta que daba con la mezcla adecuada.

Sus manos parecían no poder parar, y sus dedos se movían incesantes buscando las palabras. A Sara se le empañaban los ojos escuchando aquella canción. Sentía que con aquella música instrumental tocada con piano, que mantenía una estructura constante pero decidida en todo momento, podría llegar a cualquier parte. Podía transportarse a cualquiera de los mundos a los que su imaginación le permitiera viajar.

Tanto sentía aquella melodía, que parecía como si ella misma estuviera tocando aquellas notas con sus dedos, que sin embargo, lo que hacían eran escribir sobre las letras de su teclado, negras y blancas.

Lucas y Sara permanecieron al menos una hora más, cada uno en su dimensión paralela al mundo, creando aquello para lo que habían nacido. Y fuera apreciado o no por los demás, para ellos siempre sería arte.

Sara al final no consiguió ganar el primer premio de aquel concurso, pero consiguió que saliera entre los mejores, y que se publicara. Lucas sin embargo, consiguió con su música darle a Sara la confianza que necesitaba para poder escribir aquellas líneas.

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One thought on “Teclas negras y blancas

  1. Un relato muy bien estructurado, en el que se dicen infinidad de cosas con muy pocas palabras, nada fácil.

    Ha sido como recibir un soplo de brisa fresca. ¡Una delicia!

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