Mi dulce inspiración

Primer premio prosa en el concurso literario del IES Margarita Salas 2008

Soplaba una suave brisa en la playa de San Juan.

Las olas se acercaban entonando su particular murmullo, hasta romper sobre la arena fina. Las nubes cubrían parcialmente el cielo de media tarde, mientras el sol se escondía a mi espalda proyectando la firme figura de los edificios que se dibujaban hasta rozar la orilla.

Tan solo una pareja de ancianos daba el último y tranquilo paseo del día, al son de la apagada risa de los niños que aún resonaba en el ambiente.

A lo lejos se divisa un islote, difuminado por la bruma, vigilado constantemente por la intermitente luz del faro, que no cesa de dar vueltas.

Contemplaba todo este maravilloso paraje a través del objetivo de mi cámara, tratando de buscar un momento único, una imagen capaz de encandilar al público. Transcurren largas tardes, en las que repito la misma operación. Colocando la cámara observando con atención para descubrir esa pequeña sensación que me motivase. Mismo paisaje, misma pareja de ancianos, mismas voces de niños que se ahogan en el profundo clamor de la agitada brisa.

Mi paciencia casi vencida por el irremediable fracaso, espera en la playa, día tras día, buscando una esencia, una estampa digna que cubra todo el paraje.

No sabría decir cuantas semanas pasaron en los que mi incesante voluntad contraria a aceptar una derrota, volvió a la playa, hasta por fin encontrarla a ella.

Ese día soplaba como de costumbre aquella dulce brisa, que mecía sus cabellos sumergidos en un vaivén de sensaciones. Su melena larga y rizada, sujeta por orquillas, jugueteaba con el sencillo bamboleo. El aroma de su esencia desprendida cubría toda la playa, llegando hasta mí.

Estaba sentada, libremente ataviada con una falda de vivos colores acompañada de una camisola, a pocos metros de la orilla, donde el mar no llegaba siquiera a acariciarla.

Dirigida su mirada hacia el profundo mar, yo solo alcanzaba a verla de perfil desde mi posición, pero puedo asegurar las finas facciones de su cara, al igual que el penetrante verde de sus ojos, que se perdían entre las olas del horizonte.

Miraba más allá, donde nadie alcanza a ver, ella sin embargo parecía descubrir cosas que hipnotizaban su atención.

Su sombra era proyectada sobre la arena, desdibujando las cuidadosas líneas de su cuerpo, y parecía larga e infinita.

Respiraba calmada, y a ratos deslizaba su mano acariciando la suavidad de la arena que ya comenzaba a tomar una temperatura refrescante.

El sol se estaba escondido, y el cielo azulado se plagaba de nubes rosas. Con esta magnífica puesta de sol y sin ninguna prisa disparé el primer retrato.

Contemplándola pensaba que había importado muy poco, la larga espera, y todo el tiempo empleado en nada hasta que ella apareció. Ella simulaba ser la inspiración que tanto ansiaba, un ser digno de rellenar aquel espacio, que aunque bello, carecía de valor sin su presencia.

Cuando el sol se hubo escondido totalmente, las nubes rosáceas dieron paso a la oscuridad que iría haciéndose notar cada vez más y más. Y lo más maravilloso era que solo estábamos ella y yo, solos compartíamos el momento.

Las fotos se multiplicaban captando instantes repletos de magia.

Realmente lo único que variaba de una a otra era el color del mutable cielo, que incesante cambiaba de gama alternando las diversas tonalidades. Y al contrario ella parecía inmóvil, como si realmente posara para mí. Ni su postura variaba, ni yo deseaba que lo hiciese. Me gustaba de ella su naturalidad y aguante.

Calculaba cuidadosamente todos y cada uno de mis movimientos temiendo romper el encanto de la magia que nos rodeaba, y también temiendo ahuyentar a mi modelo.

Transcurrieron interminables horas, pero yo no me cansaba de mirarla y apreciarla por lo que inconscientemente me estaba ofreciendo.

Sin intención alguna de abandonar el escenario fotográfico, continuó mirando hacia la profundidad del océano, teñido de un azul aterrador.

Salió la luna, cuando mi flash tuvo su primera aparición. Esta última foto la había realizado con temor a ser finalmente descubierto, porque indudablemente mi presencia se hacía ya inevitablemente notable. Pero ella permaneció. Ni un solo gesto.

Ya entrada la madrugada me parecía increíble que ambos continuáramos aún en la solitaria playa, donde la humedad ya hacía acto de presencia.

Aunque yo sabía el motivo de mi estancia, desconocía el suyo, y cada hora que marcaba mi reloj me extrañaba y asombraba más.

Era un ser intrigante y fascinante al mismo tiempo. La luna llena brillante y perfecta que derramaba su luz había aparecido de la misma manera que se había escondido el sol. Una preciosa luna que iluminaba con un hilo el mar y llegaba hasta ella.

El reflejo de la luna sobre el agua que alumbraba suavemente el entorno, le daba un toque mágico a la imagen, y yo desde luego no tenía intención alguna en abandonar la playa dejando allí a mi estrella sola. Incluso había nacido en mí un instinto posesivo.

Me acomodé sobre la arena y disparé unas cuantas fotos, que terminarían siendo las mejores de toda la producción.

Los ratos en los que cesaba mi afán de retratarla, simplemente la observaba en la pequeña lejanía. Su figura parecía crecerse a la luz de la potente luna de plata.

Comenzó a soplar una ráfaga de viento que agitaba el mar, cuyas olas rugían rompiendo en la orilla y abandonando su murmullo.

Ella en ningún instante hizo un atisbo de frío, malestar o incomodidad por el hecho de llevar casi ya siete horas posando inconscientemente para mí.

Ahora alzaba su mirada para fijarla en la luna, resplandeciente desde su posición donde se adueñaba de todos nosotros embrujándonos con su encanto, de la misma manera que había hecho ella conmigo.

Si en ese momento alguien que no fuese un experto, hubiese visto mis fotos, habría asegurado que todas ellas eran iguales, indistintamente del tiempo transcurrido entre una y otra. Y aunque es cierto que la imagen no variaba en exceso, se equivocarían con su apreciación.

Pues a cada segundo ella me encandilaba aún más, dándole mayor sentido a los instantes empleados allí. Cada foto era más especial y emotiva que la anterior.

La arena estaba totalmente helada, y cada pocos segundos se desplazaba empujada por el viento costero, que de nuevo mecía sus cabellos en vaivenes vertiginosos.

Y de la misma manera que había aparecido la luna resplandeciente surgió la brillante luz del amanecer veraniego, que temprano despierta a los primeros habitantes.

El horizonte del mar azulado cristalino, se tiñó de un profundo color anaranjado, reflejando sus destellos sobre las ahora, calmadas aguas marinas, parecidas a un estanque cualquiera.

Me parecía asombroso que aún permaneciéramos allí. Ya habían transcurrido trece largas horas, según marcaba mi reloj.

Las gaviotas mañaneras se paseaban correteando por la playa, dejando sus huellas como marca de su estancia. Incluso la rodeaban, en círculos, ella simplemente sonreía, sin mirarlas, parecía entretenida por primera vez.

Mi cámara guardó todos los momentos. Cada vez que saltaba otra foto yo la consideraba una nueva obra de arte.

Pocos minutos pasaban de las ocho de la mañana, cuando capté la que sería mi última foto de esta impactante aventura, que quedaba recogida en una maravillosa colección de recuerdos.

Mi especial inspiración comenzó a estirarse en la arena, levantando los brazos, desperezándose, como quien ha dormido largas horas en una cama confortable y se despierta de un sueño encantador.

Pero después de doblar las rodillas y apoyarse con las manos en la arena adoptó de nuevo la misma postura, y su mirada se volvió a perder en el inmenso océano.

Los madrugadores ya comenzaban a pasearse por la orilla, y los padres de familia bajaban en grupillos a plantar las sombrillas para coger sitio, para después volver a desaparecer.

En mi afán de observador nato, no me di cuenta de que un bohemio con pinta desgarbada, con barba de varios días, y pantalones anchos, se acercaba por mi espalda, y se sentaba a mi lado. Pegado a mí, como si la playa no fuese lo suficientemente grande. Asombrado me quedé observándole, y analizando su misteriosa persona. Su pelo era un revoltijo de caracoles despeluchados, su camiseta era desmesuradamente grande y con alguna mancha, e iba descalzo. Daba la sensación de ser extranjero, y aunque acerté en eso, dominaba con toda soltura el castellano. Me fijé en que bajo su brazo derecho llevaba una colección de lienzos, los cuales no alcanzaba a ver bien.

Sentado a mi lado miraba en la misma dirección, que las últimas horas había estado mirando yo. Porque la muchacha seguía sin moverse.

Por la actitud de mi nuevo acompañante llegué incluso a molestarme.

Parecía que quería robarme la idea, sentándose allí conmigo y tomando de modelo mi propia inspiración, me sentí ciertamente celoso, por el hecho de tener que compartir aquella imagen divina, de la que sin darme cuenta, parecía que me había adueñado descaradamente.

Sin ningún motivo, de la misma forma en que había llegado, comenzó a hablarme:

-¿Es preciosa no es cierto?- preguntó acentuando mi irritación- Se llama Claude.

Parecía ser que mi divinidad tenía nombre. Y sin dejar de mirarla ninguno de los dos, me siguió informando despejándome las dudas que me había visitado desde la madrugada. Eran dos amigos procedentes de Alemania, que iban dando tumbos por el mundo. Él era el pintor, y ella su figura a retratar. Su ambiente preferido, era la playa, y habían quedado maravillados con las largas playas valencianas.

A continuación me mostró los cuadros que había retratado, y cuan grande sería mi asombro cuando me descubrí formando parte de la escena.

Quedé maravillado, pues el al igual que yo, él también había hecho distintas versiones de los diversos momentos vividos a lo largo de las horas. El atardecer con sus colores de acuarela se reafirmaba en el primero, el segundo era ya una vez entrada la madrugada con la presencia de la luna. Sobre lienzo, el grafito difuminado, se adueñaba de nuestros cuerpos retratándonos con suma delicadeza, a ella junto a la orilla, y a mí metros más atrás con mi inseparable cámara. Y el poderoso amanecer completaba la trilogía. Me sentí estúpido, yo que sin esfuerzo alguno había disparado más de mil fotografías, él con su pincelada artística lo había resumido en tres espléndidas obras donde había plasmado su huella.

Me sentí egoísta, pues había compartido conmigo su inspiración, y yo me había irritado pensando ser dueño de algo tan inalcanzable para mí.

Me sentí también desengañado, como despertado súbitamente de sueño del que no se quiere despertar nunca. Ella, a la que yo consideraba mi inspiración, ya había sido tomada como inspiración de otro artista.

No había posado para mí durante todo este tiempo, como ilusamente yo pensaba, sino que ambos posábamos para el pintor.

Yo que pensaba, haber dominado la situación, formaba realmente parte del proyecto de otro. El controlador se había visto controlado, como ocurre siempre en los ridículos círculos inesperados de la vida.

-¿Cómo no me había dado cuenta de que yo era partícipe en la obra?

– Porque ella se ha adueñado de ti. Es ella la que elige, ni tú, ni yo.

De nuevo el desconcierto se apoderaba de mí.

-¿Ella me ha elegido?- pregunté mientras él se incorporaba- Pero si no me ha visto.

Y comenzó a andar hacia ella mientras decía sin girarse-Y nunca te verá- aquella última frase la entendí cuando al aproximarse a ella, giró la cabeza sin mirarle y sonrió con la dulzura que la caracterizaba. Se apoyó en él para levantarse, pero no se soltó una vez estuvo de pié. Necesitaba un guía. “Nunca te verá” sus palabras resonaron en mi cabeza, y mi corazón se aceleró, empañándose mis ojos de tristeza.

Ella nunca podría verme. Pero igual que no me podía ver a mí, no había podido ver cómo el sol iluminaba su cara, solo podía sentirlo, no había visto la penetrante luna, ni siquiera ese profundo mar que parecía observar con todo detalle.

No vería las obras de arte, no podía siquiera admirar su propia bellaza.

Pero él tenía razón, Claude me había elegido a mí, y no yo a ella, porque sin saber cómo, conocía mi presencia, me dirigió una dulce sonrisa, y con eso ojos penetrantes verdes teñidos de oscuridad, y su pelo ondulando al viento, pude por fin completar mi obra, y su ser, al saltar la última foto.

Foto que guardaría para siempre, pues yo estaba dispuesto a admirar la vida por ambos.

Advertisements

One thought on “Mi dulce inspiración

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s