Mi querida Eva

Una vez estuvo terminado mi vestido de terciopelo me quedé contemplándolo, sin duda la mejor de mis creaciones. Sencillamente perfecto.

No tenía adornos, ni puntillas o volantes. Era de un color azul más oscuro si cabía que el marino, al mirarlo te sobrecogía.

Su belleza no se podía describir, había que mirarla para que te enamorara como me ocurrió a mí, así era Eva.

Una muchacha preciosa, llena de luz, pura como el agua que a primera hora desciende por la ladera de la montaña.

Hace tiempo que no recuerdo nuestra historia… una noche dormía tranquilamente cuando una música resonó en mi cabeza. La cual no desconocía, mi abuela solía cantármela para dormirme cuando apenas era un bebé, y debí de grabarla y almacenarla en mi mente, porque después de tantos años aún seguía ahí. No la había olvidado.

Me asomé al rellano de la escalera de donde venía el sonido, para ver quién la tocaba. Había una muchacha de cabellos pelirrojos y cara blanca tocando un piano de cola. ¿Cómo había llegado ese piano ahí? Seria la pregunta lógica de plantearse, sin embargo no pude pensar. No pude articular palabra, mi mente quedó en blanco.

Sin darme cuenta empecé a descender la escalera y me quedé sentado próximo a ella, en un peldaño viejo de madera. Debía no haberme visto, pues en ningún momento hizo caso a mi presencia. Parecía ausente, solo pendiente de las notas que acariciaba dulcemente con la yema de sus dedos.

Al menos diez minutos permanecí hipnotizado. Cuando hubo terminado giró su cabeza lentamente y me miró con unos preciosos ojos grises que terminaron de cautivarme por completo. Nadie que fuera mortal podía tener esos ojos. No sonreía.

Se levantó sin mencionar ninguna palabra, y tras de sí cerró la puerta de su casa, sin darme tiempo a presentarme, o si quiera a decirle lo mucho que me había gustado su pieza, que también era mía en parte.

Pasaron días sin saber nada de ella. No la veía por la calle, no iba al colegio y tampoco estaba en la escalera. Pero el piano de cola blanca permanecía ahí.

Tres meses habían transcurrido desde nuestro encuentro. Y no había pasado ni una sola tarde en la que yo no me hubiera sentado en la vieja escalera mirando en dirección a su casa. Sabía que a través de la mirilla ella me observaba también.

Por fin llego el día en el que vi abrirse la puerta, y pasé rápidamente.

Su silueta se disfrazaba con un largo vestido de su madre, que le quedaba grande, tenía el pelo suelto, le caía ligeramente por los hombros.

-Sé que me has esperado tras la puerta varios días.- dijo ella.

-¿Por qué no abrías?- le pregunté.

Sin contestarme me sonrió, me cogió de la mano y me llevó al salón. Sentado en el sofá pude contemplar un bonito desfile que me dedicó.

Durante un largo rato, prendas de todos los colores y variadas características, desfilaron por delante de mí. Iban y venían sin detenerse, sin dar tiempo siquiera a ser bien apreciados o admirados por su forma y adornos.

Todos los vestidos arrastraban el bajo, y los zuecos que llevaba, por falta de tacones sofisticados, chocleaban emitiendo un ruido seco y a la vez encantador.

Sus labios pintados de un oscuro carmín, parecían arder, y esos ojos tan satisfechos de cumplir un sueño destellaban tonos grisáceos.

La luz del atardecer entraba por los ventanales y teñía todos los muebles de un color dorado, cuando empezamos una amena charla en la que me contó tantas cosas, que no puedo recordarlas todas. Empezó diciéndome que su nombre era Eva, tenía dieciséis, uno más que yo, y soñaba con ser modelo y viajar por todo el mundo luciendo diferentes prendas sin estrenar, recién salidas de los telares.

Yo por el contrario pocas cosas podía contarle, no tenía inquietudes, ni ilusiones, me limitaba a vivir el día a día y no tenía expectativas de futuro.

Éramos diferentes e iguales a la vez.

-Te oí tocar- dije de repente.

-Vi que me mirabas- contestó ella.

Pocos diálogos se habían cruzado en nuestro camino pero nos entendíamos, cada uno a su manera estábamos presos en un mundo que no nos pertenecía, del que soñábamos huir pero no había escapatoria alguna.

Aquella noche tumbado sobre mi cama, pensaba. Pensaba en todo lo dicho en esa larga tarde, ningún momento en mi vida había resultado tan maravilloso.

Unos instantes después oí algo.

Nada parecido a las notas que habían salido del piano noches antes. Estos eran gritos. Aullidos de angustia humana, tan terribles como los que más.

Era su padre, la pegaba, a su madre también. Exclamaba que se las iba a llevar muy lejos, que no volverían, las maldecía por cosas que habían hecho. Seguro que estaba borracho.

Y yo. Yo no podía hacer nada. Una impotencia me hervía en la sangre y me mantenía inmóvil. Tremendo gallina.

De nuevo pasaron unos días en los que no abrió la puerta. Tenía ganas de verla, la echaba de menos.

Un día subía hacia mi casa. La daba por perdida, y aún así me resignaba.

Pero estaba equivocado, ella abrió la puerta cuando pasaba por su piso, y me metió dentro.

Le acaricié la cara buscando algún rasgo de maltrato, alguna herida, por mínima que fuera, que delatara signos de paliza, pero ya se habían borrado.

Lo que no se había borrado eran sus ojos. Esos ojos grises permanecían fuertes, no se apagaban. Fueron ellos los que me impulsaron a besarla. Y fue sobre la mesa del salón donde desaparecieron los rasgos de virginidad que quedaban en mí.

Después estuve mirando al techo durante un largo rato, intentado aclarar mi mente, pero no podía. Todo se turbaba y se mezclaba en mi cabeza. No era capaz de distinguir mis sentimientos, ni de asimilar aquella nueva situación, que para nada había sido planeada, y que para mi temprana edad quizá había resultado desastrosa y prematura, pero no me arrepentía de nada. Tan solo la confusión me provocaba un ligero mal estar que desaparecía con solo mirarla. Ella se había dormido sobre mí.

La sentía en mi interior, demasiado adentro, y eso me daba miedo. Jamás antes me había ocurrido.

Le acaricié el pelo, su olor jamás podré olvidarlo.

Le iba a preguntar acerca de la canción que tocaba ese día, hace tiempo, pero también yo me quedé profundamente dormido.

Desperté ya en mi casa, en la cama de mi cuarto, con una sensación de un tremendo vacío.

Al día siguiente me encontraba en clase de arte, pero no podía concentrarme, pensaba en ella. En lo ocurrido aquella tarde. Maquinaba nuestro futuro juntos. Lo tenía demasiado claro.

De repente tuve miedo, y comencé a pensar en lo que había dicho su padre. Que se la llevaría lejos, y que nunca volvería. Al terminar la clase corrí hacia su casa lo más rápido que pude, casi cayéndome, pero eso no importaba, tenía que verla, si realmente se iba debía decirle muchas cosas antes.

-¡Evaaaaaaaaa! Abre por favor, tenemos que hablar. ¡Evaaaaaaaaa!- aporreaba la puerta.

En cualquier otra circunstancia me hubiera dado por vencido, pero ella me importaba demasiado. Tiré la puerta abajo y entré corriendo. Tenía la ilusa esperanza de encontrarla allí. Pero no estaba. Ni ella, ni nada. Parecía como si ahí nunca hubiera vivido nadie. Me tiré al suelo desesperado. La había perdido.

Me tumbé en el salón, donde había estado esa mesa, que tanto placer me había producido. En ese mismo lugar encontré, un diseño.

Era un boceto de lo que si se llevaba a la práctica sería un vestido. Coloreado con un azul difuminado. La silueta no estaba mal pero le hacían faltaban unos pequeños retoques.

En letra muy pequeña en la parte inferior de la hoja se escribía: El vestido perfecto.

Sin duda lo había escrito Eva. Había dibujado lo que para ella representaba la perfección, y realmente lo era.

Cogí el papel y estuve estudiándolo durante bastante tiempo. Quizá yo podría confeccionárselo, a lo mejor así ella volvería.

Esa fue una de las razones por las que decidí ser diseñador. A los 20 años entré en una escuela de corte y confección. Eso y mi imaginación me han convertido en un personaje muy famoso en el mundo de la moda.

 

Ahora, sentado en el borde de mi cama contemplo mi creación y lo comparo con el trozo de papel arrugado que dibujó una niña de tan solo dieciséis años.

Al día siguiente tuvo lugar la pasarela que presentaba todos mis diseños, de distintas formas y colores. Las modelos son impresionantes, altísimas y con las medidas idóneas.

La gente aplaude maravillada, eso me llena de orgullo, pero no estoy plenamente satisfecho, falta algo.

El vestido de terciopelo azul fue el último en desfilar.

Lo lleva María, la mejor de mis modelos, hermosa donde las haya, con tallas perfectas. La gente queda expectante, se produce el silencio.

María esta radiante, pero aún así yo me esfuerzo en difuminar su rostro y dibujar el de Eva, la verdadera dueña del vestido, mi inspiración, todo mi universo, el cual me arrebataron despiadadamente sin dejarme decir adiós.

A veces sueño con una pieza musical que me es familiar y cruzo el umbral de su casa y la veo, ahí está, con el enorme vestido, pelo rojizo, ojos grises, si es ella, tal y como la recordaba…Eva, mi querida Eva.

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