Sola en el muelle

Nubes negras poblaban aquella mañana de primavera del 43, mientras que la particular brisa que mecía las olas se había convertido en un viento feroz, que azotaba el agua hasta hacerla rugir.

Las acostumbradas gaviotas que poblaban diariamente la playa, parecían haber emigrado a otro día más acogedor que aquel gélido 14 de Abril.

Una mañana anormalmente extraña en aquel pueblo costero, que nadie había predicho, ni siquiera los hábiles pescadores avistarían esa mañana, aquellas nubes negras cuando se disponían a salir de madrugada como de costumbre, a echar las redes.

Pero a pesar de que los rayos del sol no hubieran despertado las calles, las campanas de la iglesia, tocaban como de costumbre llenando de canto los alrededores, y al igual que los demás días, Matil y su marido ya estaban en pie a las seis de la mañana desayunando su acostumbrado café mañanero.

Matil no hacía nada más que mirar por la ventana, acercase el crudo chaparrón, e intentaba persuadir a su marido, pescador de profesión, ante la idea de partir ese día, por temor a lo inesperado.

-No Matil- decía él- Los pescadores mayores- así se llamaban a los antiguos maestros de la pesca- ya lo habrían avisado de problemas si los hubiera, habrían pospuesto tareas, y no lo han hecho.

Matil observaba a su marido en el silencio del humilde hogar, con la cabeza apoyada sobre una mano. Le admiraba en cada uno de sus movimientos. Eran tiempos en los que la mujer obedecía cuando el hombre hablaba. Pero la intranquilidad habitaba en lo más profundo del ser de la joven mujer, que a penas había cumplido los 24 años, precisamente el día anterior.

La pareja había salido a celebrarlo, vino, pescado, marisco fresco y del mejor que podían permitirse, y para terminar pasteles y regalos, por supuesto.

Desde la pequeña alcoba Matil alcanzaba a ver todos los cuartos de la casa, el dormitorio con una cama de matrimonio y un sencillo cabecero heredado, el aseo con bañera antigua, y un pequeño cuarto de costura, habitado por una vieja máquina de coser, también heredada a través de muchas generaciones.

En ese pequeño habitáculo, prendido de una percha, se encontraba el vestido que había puesto punto final a la noche de cumpleaños. Perfectamente doblado y empaquetado en una caja grande para su tamaño, bien atada con doble lazada roja. Matil había descubierto el regalo en un armario hacía ya varias semanas, y se había sonrojado presuponiendo que era para ella, y había acertado.

Apenas llevaban dos años casados, pero habían sido los más felices de su vida, a pesar de la rutina. Desde que se conocieran, Matil sentía que su destino era amar a ese hombre por y para siempre, a pesar de las circunstancias, y así lo haría. Él era un hombre tímido, reservado, de profunda mirada, y muy trabajador.

Había ahorrado para comprar ese pequeño hogar y para pagar la sencilla boda a la que habían asistido un número reducido de personas, básicamente parientes cercanos.

Lo que para otra mujer pudiera ser escaso, para Matil resultaba encantador, pues valoraba el tesón de aquel hombre que luchaba por dos y que la quería tanto, a pesar de que se lo hubiera manifestado en contadas ocasiones, las cuales guardaba en el recuerdo con cariño.

Ella era sencilla y simple, no tenía maldad o misterio, era transparente, y se desvivía en mimos y cuidados por aquel hombre rudo de gran corazón.

Su labor era acompañarle siempre que se encontrara él en casa, y en su ausencia, comprar, cocinar, limpiar y coser preciosos tapices que cubrían las paredes de aquella casa, que de blancas, habían pasado a tener campos de trigo y amapolas o lindas mujeres vestidas con exquisitos vestidos, parecidos al que se suspendía en aquella habitación y que era suyo.

Cuántas veces había deseado Matil tener en su posesión esas valiosas telas estampadas en ocres y marfiles, cuando las tejía a diminutos tamaños. Y ahora ese tamaño era real, y tenía sus medidas. Ella jamás había mencionado su afanoso deseo, a su marido, de poseer tal tesoro, y él tan atento y detallista, lo había adivinado y lo había hecho realidad.

Eso era lo que le unía y le enamoraba. Aunque parecía que por esa cabeza morena no pasaba ni un solo pensamiento, realmente estaba repleta de recovecos que Matil deseaba explorar, porque al final de cada uno siempre se encontraba a sí misma, ya que ella era la razón que serenaba a aquel hombre, por la que vivía y en la única que pensaba cuando compró el vestido o cuando esbozaba una sonrisa sin motivo aparente, sabiendo que con ello hacía tan feliz a su joven esposa.

Todo ello lo sabía Matil, lo presentía, porque su instinto jamás le había fallado. Por eso sin dejar de mirar su vestido nuevo, intentó una vez más persuadirle de la idea de partir:

-Los pescadores mayores ya se han equivocado antes, y os han pillado grandes tormentas- decía serena mirándole- tu mujer te pide que no vayas, por favor quédate.

Él la contemplaba serio, ella casi tiritando, jamás había contradicho su palabra. Amaba obedecerle, pero le amaba más a él, y aunque fuera en contra de los deberes de buena esposa, su intuición le gritaba que le retuviese a su lado.

Él admiraba en esa delicada mujer ese ímpetu valiente. Incapaz de rendirse, pero él también tenía su propio instinto, y aunque ya le hubiese fallado sentía que debía marchar.

Le cogió la mano y se la besó con una sonrisa:

-No te preocupes- dijo- he atravesado tormentas y siempre he regresado a tu lado, y no pienses que esta vez sea diferente. Además hoy habrá beuna pesca, lo sé.-sonriendo le preguntó- ¿quieres hacer algo por mi?

-Claro que si- contestó ella con decisión.

-Ponte el vestido que te regalé cuando vengas a acompañarme ahora, así veré lo preciosa que estás y nada me impedirá volver contigo. Y sigue llevándolo a mi vuelta para que t vea a kilómetros y me guíes de vuelta a casa.- ella bajó la mirada ocultando las lágrimas- y sonríe mujer.-Ella así lo hizo y corrió a por la prenda preciada.

Cuando la iglesia volvía a dar los cuartos, la pareja llegó como cada mañana de la mano andando hasta la pequeña embarcación del puerto.

Él subió al barco que llevaba escrito en letras rojas <<MATIL>> y mientras ponía en marcha el motor, ella le observaba con su vestido impecable, otras muchas mujeres habían acudido como de costumbre a despedir a sus maridos o parientes, para desearles “una buena captura una vuelta segura” era una frase hecha que se escuchaba a lo largo de todo el muelle.

Las gaviotas ya revoloteaban sobre las cabezas de los bravos marineros pescantes. Todas las damas esperaban verles zarpar y saludaban con la mano o pañuelos blancos.

Matil no se despedía de él nunca, le daba miedo decir adiós. Porque podría ser definitivo. Ella brillaba por encima de todas las demás mujeres, luciendo ese precioso atuendo, que ya había sido admirado por la mayoría, que habían reconocido lo bonito que era, lo bien que le quedaba, y lo guapa que estaba con él. Ella sonreía como muestra de agradecimiento.

El primero de los barcos se puso en camino, cuando las nubes corrían por el cielo precipitadamente, poblándolo de una oscuridad tétrica, y cuando el viento agitaba con más fuerza cualquier cosa que pudiera mover, desde las olas marinas, las copas de los árboles o los bajos de aquellos vestidos en cuerpos inmóviles al verles partir, comenzaron a desaparecer en la niebla aquellos que ya habían salido.

Cuando el barco de su marido se escurría entre los muros del muelle y del bravío mar, é se giró y gritó:

-Volveré, te lo prometo- mientras decía adiós con la mano- Te quiero Matil.

Ella rompió a llorar y empapada en llanto respondió con los brazos en alza

-Te esperaré, lo juro.- y así despidió a su amor, que partía en un barco con el mismo nombre de la mujer a la que dejaba desconsolada, desde el muelle.

En ese momento comenzó a llover, las mujeres comenzaron a disiparse, al contrario que las nubes que se agolpaban más unas contra otras, lanzando alaridos atronadores.

El mar se mecía en el muelle de forma amenazante, haciendo chocar las olas contra los muros de piedras que marcaban la distancia entre las personas y barcos.

El resto de olas agitadas llegaban a romper estrepitosamente sobre la húmeda arena de la orilla de la playa.

La marea comenzaba a subir, y la llovizna se convertía en diluvio.

El vestido de Matil ondeaba bruscamente empapado, latigando sus piernas, como un fiero domador de fieras latiga el suelo.

Sus cabellos se agitaban sembrando de rizos castaños, el viento de la tormenta, ella seguía inmóvil, ya sola se encontraba en aquel puerto.

Ni siquiera se retiraba el cabello que le estorbaba la vista hacia el profundo mar, porque realmente no miraba nada, no deseaba nada más que apareciera el pequeño barco pesquero que llevaba inscrito su nombre en la popa, por el lejano horizonte donde el azul del mar se confunde con el celeste del cielo. “Dónde empieza y dónde acaba cada cuál”, se preguntaba Matil. Quizá llegaban a unirse en un punto cualquiera imperceptible para la vista humana, o quizá permanecieran siempre separados. ¿Le habría dicho el mar al cielo adiós o un sencillo te quiero? Quizá Matil y su marido jamás volverían a unirse en el mismo punto y permanecerían siempre separados. Todo parecía tener similitud en la cabeza de la joven mujer. Y mediante metáforas de lo que podía o sería en realidad pasó el resto del día sin abandonar el puerto, al igual que otros muchos que estarían por llegar.

Mientras el pueblo compraba, Matil esperaba, y mientras el pueblo comía, Matil esperaba,, y mientras el pueblo dormía, reía, jugaba o paseaba, Matil seguía esperándole.

Muchas horas, con todos sus minutos, habían transcurrido desde que aquel puerto plagado de vestido con vivos colores estampados, había despedido aquella jornada a sus marineros, y hasta el atardecer no llegarían, pues una vez al mes recorrían una ruta más larga para traer una clase de pescado por el que recibían un extra.

La lluvia había cesado, y el corazón de Matil había dejado por ello de palpitar tan apresuradamente.

Algún barco fue llegando “Rosas” ”Cálido” “María” dirigidos por tres amigos que solían pescar juntos en la misma zona, y solían ser los primeros e regresar. Matil leyó los nombres con desilusión pero no desesperanza, porque su hombre afanoso y dedicado amante de su labor de su ser más preciado, siempre regresaba de los últimos con mayor cargamento, para obtener mayor ganancia.

Los tres pescadores hicieron sonar sus bocinas para Matil y todo aquel que quisiera escucharles, entre ellos sus tres mujeres que salieron en su busca para ayudarles a descargar y abrazarles.

Matil alcanzó a oír sin dejar de mirar el horizonte azulado:

-¿Mucha pesca?- preguntó la primera mujer.

-Si bastante- contestó el marinero del barco de “Rosas”

-Hoy ha habido poca competencia con otros puertos, muchos se han quedado por la tormenta- añadía el pescador del Cálido. Matil sintió como su corazón palpitaba aprisa de nuevo.

-Pero ¿ha ocurrido algo?- preguntó la segunda mujer.

-No por nuestra zona- contestó el tercer pescador- pero nunca se sabe, el mar es bravío, y hasta el más experto puede sucumbir ante su furia.-

Eso era precisamente lo que Matil temía, esa furia sin compasión que desgarra, arrastra y ahoga. Uno tras otro siguieron llegando todos los marineros que habían partido de madrugada. Todos menos uno. Algunos traían un cargamento abundante, otros más escaso, pero al fin todos volvían a sus casa. Todos menos un marinero, un pescador cuya mujer esperaba impaciente volverle a ver.

Ninguno le daría noticias sobre su esposo, pero tampoco ella preguntaría a ninguno. Tenía a sus espaldas el presentimiento, pero se aferraba con fuerzas a aquella promesa de una vuelta junto a ella.

Ya estaba el mundo desierto, cuando todos dormían en sus casas. Las calles estaban desiertas y ningún carro transitaba por la avenida principal. Los establecimientos cerrados y las luces apagadas señalaban el final el final del día que daba paso a un cielo oscuro, teñido de estrellas ocultas bajo las nubes que aún lo cubrían.

La firme figura de Matil, se erguía en el extremo del puerto, adentrado en la oscuridad, mientras todo a su alrededor se desvanecía ella mantenía en pie la esperanza de ver llegar ese pequeño pesquero en el que se leería <<MATIL>>

Media noche, el ruido del mar bravío de fondo acompañaba a la mujer en su vigía, alguna gaviota andaba también por el puerto, y el resto, era calma. Pura y serena.

Sus ojos pestañeaban contadas veces, porque no quería perder de vista demasiado el lejano horizonte. Y a ratos se abrazaba a sí misma para protegerse del frescor de la noche, imaginando que era él quien la estrechaba con cariño entre sus brazos. Incluso podía aspirar su aroma.

Así abrazada a una ilusión, dejó paso al transcurso de una noche, en la que no brillaría ninguna estrella, ya que todas permanecerían ocultas tras la manta gris impenetrable.

Sólo cuando ya clareaba la mañana, y la iglesia entonaba de nuevo la madrugadora melodía, que se estaría repitiendo a lo largo del día, el murmullo de los primeros pescadores comenzó a hacerse notar en el muelle, donde Matil erguía su silueta con esfuerzo para que no desvaneciera por el cansancio acumulado.

Muchos en lugar de preparar los barcos, se dedicaron a observarla con extrañeza, otros lanzaban rápidos visazos mientras colocaban las redes, para no parecer indiscretos, algunas mujeres rumoreaban a su espalda, pues seguía mirando hacia el mar.

Pero nadie se atrevió a mencionar una palabra más alta que otra al respecto. Ese día las despedidas fueron mucho menos efusivas que de costumbre.

Puede que todos adivinaran internamente, el presentimiento de Matil, y al verla allí sin él se confirmaban las sospechas. Y puede que precisamente por ese motivo todos quisieran respetar su silencio y no hacer amago de alegría a su costa, o mejor dicho a sus espaldas.

Los barcos de nuevo se pusieron en marcha y comenzaron a desaparecer entre el canal que separaba el puerto del espigón.

Muchas manos se agitaron, unas con pañuelo blanco y otras sin él, y a continuación se perdían por las calles, dejando solo el puerto, donde quedaba una mañana más Matil con su vestido estampado.

Miraba hacia el lejano horizonte, pero ya se permitía a si misma, excursionar ligeramente con la mirada, que ya le dolía por el agotamiento. Deslizó sus ojos por la playa que se metía en profundidad a lo largo del muelle.

Y pensó que quizá desde ese punto final del largo espigón tendría una vista más amplia que desde donde había permanecido esas largas e interminables horas.

Desde ahí él la reconocería más fácilmente, porque vería un punto de esperanza entre tanto mar, entre tanta brisa impregnada en sal Matil destacaría reluciente con aquella joya que él mismo le había pedido que se pusiera para su vuelta.

Y de esa manera comenzó a recorrer lentamente el puerto, sin apartar la vista del mar, llegando hasta la playa que acarició sus pies descalzos con su agua tibia y espumosa, de la misma manera, sus pies dejaron de notar la suave arena para pisar sobre la dura y firme roca del muelle.

Con la vista al frente, rodeada de playa, mar y puerto, el muelle le abría paso a través de las aguas. Era como si una dulce figura caminara sobre el océano.

De nuevo el día, y con su marcha llegó la tarde donde pequeños puntitos de colores, comenzaron a brotar en la lejanía. Los pescadores ya regresaban.

El puerto estaba repleto de mujeres que se agitaban para recibirles. Cada cual esperaba a su correspondiente, no faltaba nadie, excepto Matil, que desde una zona alejada les veía entrar, buscando ansiosa el pequeño bote con su nombre, que no aparecía entre los recién llegados con cargamento.

Desde el puerto la seguían observando con asombro muchos de ellos. Algunos negaban con la cabeza, temiendo lo peor, otros lo aseguraban y otros aspiraban con fuerza apenados por su pérdida.

Pero ninguno se atrevió si quiera a coger a Matil, o intentar abrirle los ojos, clamarla o consolarla, pues no parecía afectada.

Le ofreces consuelo a alguien desconsolado, pero cuando parece sereno y seguro de si mismo, qué debe hacerse. Matil no tenía aspecto de desesperación o desesperanza. Si seguía allí firme era porque él le había hecho una promesa que creía firmemente, dando de lado a su intuición.

 

Pero al igual que ese día, muchos otros habían empezado y terminado sin noticias de él.

Y Matil todas las mañanas estaría allí, y durante todo el día, esperando la caída del sol y la llegada de su amado.

Así miles de lunas pasaron que la alejaban ya de aquel 14 de Abril en que le había visto partir, y cuando de sus labios había nacido una promesa –volveré- y una respuesta, -te esperaré-, y ella así lo cumpliría, por más tiempo que pasara, nada ni nadie le impedirían estar allí, y así Matil permanecía en el muelle, esperando.

Acompañada siempre por las gaviotas, la brisa, los cangrejos, que habitantes del muelle mordían los bajos de lo que hacía ya mucho tiempo había sido un precioso y delicado vestido, ahora convertido en antigualla debido a la humedad y salinidad del ambiente que lo iban consumiendo, marchitando las flores que lo componían, como se marchitaba su alma, pero nunca su empeño.

Ese vestido lo significaba todo para ella, pues era lo único que parecía seguir uniéndole a él. Un bonito adorno que era ya su prenda de guerra, una guerra en la que combatía día a día incansable contra la idea de asumir su pérdida.

Cientos de tardes, allí sola, con el susurro de las olas que encantan el ambiente adornándolo de incesantes silbidos. Era ya lo único que Matil escuchaba, porque se mantenía ajena al resto del mundo.

Había detenido su vida en el mismo instante en el que él partiera, y volvería a ponerla en marcha cuando regresara. Pero si no volvía Matil no tenía inconveniente en seguir pausada en un mundo paralelo al real.

Matil aprendió a hablar con el mar, y en silencio mantenían largas conversaciones en las que de vez en cuando ella esbozaba una media sonrisa, nadie en el pueblo sabía qué era lo que le ocurría, o qué le pasaba a esa joven por la cabeza.

El número de tardes transcurridas, se agruparon en largos años, y los tantos amaneceres con los que convivió, sólo sus ojos los contaron. Esos ojos, que habían visto demasiado sin haberse movido apenas

El tiempo fue anidando en sus labios, que una vez hubieron besado algo que ahora les era negado, en su pelo que fue emblanqueciendo, despidiendo el hermoso castaño que antes lo cubría, en su ímpetu, que cansado seguía caminado todos los días hasta el final del muelle esperando lo que ya formaba parte de un mero recuerdo, que ni siquiera Matil recordaba ya con claridad. En su memoria todo parecía borroso, incluso el motivo de seguir vistiendo aquel vestido.

El tiempo, enemigo de la vida, se había ido escurriendo, y lo que un día había sido una bella joven esperando la vuelta de su amado, mostraba ahora la deformación de un ser, que sin otra función, permanecía todo lo erguida que podía frente al mar que parecía haberse apoderado de su alma. Matil del mar, su fiel compañero, se había enamorado. Y acudía día a día porque aun no se sentía afín con otra cosa que no fueran aquellas inmensas aguas saladas.

Hacía años, que le había desafiado para que le devolviera a su amor, pero echarle un pulso a la mar lleva a una derrota segura, y Matil la había perdido, y estaba admirada de esa fortaleza marina que todo lo podía.

En el pueblo murmuraron durante muchos años a sus espaldas. Nadie la reconocía por esos tiempos. Nadie podía creer que aún siguiera esperando a alguien que jamás volvería. Nadie podía creer que aún le siguiera esperando. Eso ya se alejaba del amor y se había convertido en locura, una locura irracional, que nadie le podía hacer entender a Matil.

Por ello ya que no prestaba a razones, una tarde de Abril la intentaron trasladar a un manicomio.

Coincidía además con la víspera en la que él se había marchado, cuando parecía que Matil recordaba todo el amor y los motivos de seguir allí presente esperando en el muelle.

Fueron cuatro hombres, los que se acercaron con buenas palabras, pero ella ya no les conocía. Habían pasado veinticinco años.

Matil permanecía inmóvil, pues era Abril y sus ojos estaban clavados con más fuerza en la esperanza del horizonte. Y continuamente deslizaba ambas manos por la falda de su vestido, destrozado por la espera y el excesivo uso. Se componía para estar presentable, guapa, para que él la reconociera cuando volviera. Acariciaba también su pelo canoso colocando mechones detrás de las orejas, y sonreía impaciente.

Los hombres que la acompañaban, antiguos pescadores, los mismos que aquel día surcaban el mar al igual que su esposo, los mismos que habían lanzado flores al mar en su memoria hacía ya tiempo, los mismos que ahora se disponían a llevársela, se miraban atónitos, y no se atrevían a murmurar palabra. Era una situación asombrosa e increíble para cualquier ser humano, que desde luego merecía el mayor reconocimiento ante un amor inagotable e incansable.

La agarraron por los brazos, pero ella tiró con fuerza hasta soltarse. Lo intentaron más de dos y tres veces, pero con el mismo tesón con el que cada día, cuando clareaba ya se encontraba antes que nadie en el muelle, empleó su furia para arrebatar su cuerpo de las manos de aquellos que trataban de alejarla del lugar.

Los hombres continuaron mirándola, Matil no atendía a razón, no se rendiría.

-Parece como si su cuerpo estuviera unido al muelle- susurró uno, y con esa determinación todos se alejaron, dejándola en su solitaria paz, como siempre había estado, sola, sola. Nadie conseguiría nunca arrancarla de ese muelle al que se había enraizado su cuerpo.

Y así Matil pasaría de boca en boca por cada uno de los habitantes de aquel pequeño pueblo pesquero, como la loca del muelle, pues prefirió vivir alejada del mundo.

Matil eligió vivir aferrada a los recuerdos, y vivir así eternamente feliz, aunque sola.

Y allí se quedó, mirando, observando, contemplando, en compañía del sol y del mar, sola, siempre sola. Sola hasta el fin.

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