A un paso de la justicia

Primer premio en el concurso literario anual del IES Margarita Salas 2002

¿Alguna vez habéis sentido que teníais que gritar con todas vuestras fuerzas y algo os lo ha impedido?, eso era lo que le pasaba a Nihal, una marroquí que vivió el peor de los infiernos tratando de venir desde Marruecos a España.

Ella era hija de un importante militar, que traficaba con armas dentro y fuera de su país. Desde que nació, Nihal tuvo que cuidar junto con su madre de sus dos hermanos pequeños, una de las cosas que caracterizan a estos pueblos africanos es la inferioridad con que tratan a las mujeres, todo el machismo que les envuelve es demasiado grande para que ellas puedan hacer nada. Por eso Nihal y su madre estaban subordinadas ante la voluntad de dos niños, que por el hecho de ser hombres, ya tenían más valor que ellas.

Pero había una cosa en la que Nihal no tenía dueño, y esos eran sus sueños. La joven soñaba continuamente con poder ver algún día estrellas, millones de estrellas en un cielo limpio de maldad.

Ella no fue al colegio, al contrario que sus hermanos. Por las mañanas era la primera en levantarse y por las noches la última en acostarse, planchando y preparando la ropa de los benjamines de la familia. Al primer canto del viejo gallo, saltaba de la cama, se vestía y se iba sin nada en el estómago, a caminar cinco mullas hasta el lago más cercano que había de la humilde aldea. Allí se aseaba y cogía agua en los cántaros que llevaba.

Después regresaba a tiempo para poder acompañar a sus hermanos al colegio donde veía como poco a poco, formaban su futuro. Naturalmente como ella era niña no estaba permitida su presencia allí, y aunque miles de veces le preguntó a su madre el por qué esa distinción entre sexos, nunca obtuvo respuesta alguna. Y es que era prácticamente imposible explicarle esto a una niña de tan solo once años, porque realmente se trataba de algo injustificable.

Volvía a su casa saltando por las piedras de un río, intentando encontrar un entretenimiento por insignificante que fuera. Después, atravesaba un bosquecillo repleto de corpulentos árboles, lo que era muy agradable cuando soplaba el viento, porque las copas de éstos susurraban una cancioncilla tranquilizadora para quien la escuchara. A ella le daba fuerza y confianza en sí misma. Por último, pasaba por el mercado donde siempre tenía que comprar alguna cosilla que le encargaba su madre. Tenía suerte cuando ésta le acompañaba, que solía ser de tarde en tarde, pues sufría una grave enfermedad, de la cual Nihal desconocía el nombre, y por la que tenía que guardar mucho reposo porque se agotaba con facilidad.

La niña fue creciendo al igual que sus hermanos quienes comenzaban a brillar en distintos campos, uno en el de la medicina y otro en derecho. Nihal se sentía muy orgullosa de ellos, y pensaba que al menos esas largas caminatas y sus esfuerzos invertidos en sus futuros, que ya eran presentes, había servido de algo.

Tenía veinte años, y como todas las chicas de su edad, debía casarse y formar una familia con un hombre que debía ser escogido por su padre. Pues aún se estilaba por aquella época los acuerdos matrimoniales. Por lo que conoció a su futuro marido apenas una semana siguiente de conocerse. Se trataba del hijo de los señores más ricos del pueblo vecino, quienes además gobernaban varios latifundios situados al sur de Rabat.

Lo poco que sabía de él, era que se llamaba Mohammed era el primogénito de la familia, tenía diez años más que ella, y hacía tiempo que buscaba esposa. El acuerdo fue cerrado básicamente porque mantenían una buena amistad ambos padres, y se vieron en la necesidad de unir a sus hijos en matrimonio.

El enlace tuvo lugar a la semana siguiente del primer encuentro. Nihal pensaba que estaría más nerviosa, pero al contrario, supo serenarse durante toda la ceremonia organizada por los que serían sus futuros suegros.

Fue todo muy bonito, la decoración de la calle principal por donde desfilarían los novios, rodeados por todos los invitados que se aposentaban a ambos lados. Por la larga alfombra roja desfiló Mohammed, a lomos de un corpulento camello dorado como el sol, que esperaba impaciente la llegada de ella. Nihal llegó más tarde, ataviada con unas preciosas ropas tejidas a mano por las mujeres de su familia política, con múltiples collares que destellaban brillos de los reflejos del sol, y decorada en manos y pies, por los tatuajes de henna que simbolizaban amor y fertilidad entre otras.

El banquete se celebró en un gran bungaló, en el que se repartieron cantidades inmensa de fruta fresca, y de cordero asado servido en varios tallines. Tuvo lugar también el tradicional intercambio marroquí, de dátiles y leche entre los recién casados.

Fue realmente un día sensacional en la vida de Nihal, una nueva etapa por descubrir. La única cosa que la mantuvo inquieta, era que se imaginaba lo que le habría gustado a su madre estar presente. Pero por desgracia hacía ya cinco años que faltaba entre ellos, no así en la mente de su hija.

El primer año de convivencia fue maravilloso, ya que se comprendían muy bien, pero todo cambió cuando Nihal se quedó embarazada de su primer hijo, al que llamó Hasin. A partir de ahí todo cambió entre ellos. No sabía por qué, pero lo cierto es que todo fue evolucionando a peor. Continuamente tenían fuertes discusiones provocadas por razones que carecían de valor. Acto seguido, Mohammed, desaparecía por la puerta, se marchaba a la taberna y no aparecía hasta el día siguiente. Nihal se sentaba en la cama, co9n la culpabilidad pesándole a la espalda y lágrimas deslizándosele por las sonrojadas mejillas a causa de la tensión. Un triste sollozo salía entre sus labios pálidos, y una vez más se habría sentido vacía y desgraciada si no fuera por aquel dulce niño que siempre tenía alguna palabra de consuelo para ella, y que tanto le ayudaba a seguir adelante.

Las cosas siguieron así durante un año más. Nihal se preguntaba muchas veces si la razón de todas las discusiones podría ser el pequeño Hasin, pues parecía como si Mohammed no quisiera a su propio hijo, ya que jamás mostraba ningún afecto por él. Por eso, cuando se quedó embarazada de su segunda hijo, pensó que las cosas irían aún mucho peor.

Esta segunda fue una niña, a la que llamó Amina, y que surtió un efecto contrario en su padre. Pues ese carácter violento que aparentaba tener, se suavizó notablemente con ella. Sin embargo, con Hasin, seguía igual de apático, rechazándole continuamente. Por el contrario, con lo que respectaba a la niña, se comportaba protector, tierno, atento. Nihal estaba totalmente desconcertada por el trato tan dispar que recibían sus hijos. Pero ella se consideraba incapaz de hacer nada a cambio, seguramente por todas las veces que antes se había tenido que conformar con las injusticias.

Un año más tarde las cosas volvieron a cambiar, pues despidieron a Mohammed de su trabajo y pasaron muchas necesidades, ante las que lo mejor que había siempre era para la pequeña. Al verse en esta situación tan desesperante, su marido se iba continuamente a la taberna a beber para olvidarse de todos los problemas. De esta forma no era consciente de que era entonces cuando Nihal tenía que llevar el gran peso que eran la casa y los niños.

Las cosas fueron empeorando hasta tal punto que la convivencia se hizo casi insoportable entre ellos. Discusiones continuas, desprecios, incluso algún golpe seguido de moratones. Era una lucha continua que no parecía llegar nunca a su fin. Hasta el punto de que Nihal se vio obligada a ponerse el velo en la cabeza que tapara sus cabellos y que ocultara su identidad. Quedó así totalmente sometida al yugo del que pasó a ser, en lugar de su marido, su nuevo amo.

Pero una mujer es tan fuerte que puede con todo lo que se le venga encima, y calla y traga si se ve en la necesidad, y en este caso obligación, de hacerlo. Pero por lo que no pasa nunca, es porque sus hijos sufran, ese es un precio, que no están dispuestas a pagar. Y por eso, fue precisa una situación límite para tomar una determinación que marcaría su vida.

Ese momento llegó en el tercer cumpleaños de su hija, cuando debería empezar la escuela como lo hizo su hermano, y sin embargo no pudo ocupar un pupitre más entre los niños que asistían al colegio. En lugar de eso, acompañó, junto con su madre, al pequeño Hasin a clase, y se quedó detrás de la verja viendo como su hermano tenía derechos de los que ella no disponía. Fue entonces cuando llegó la pregunta determinante que marcó la trayectoria que había seguido Nihal toda su vida de obediencia y sometimiento “por qué mama

Una vez más, esa pregunta iba a quedar sin respuesta, pues qué respuesta lógica había para ella, absolutamente ninguna. Lo que tuvo Amina, fue un gesto de su madre, una sonrisa. Una sonrisa que significaba el comienzo de algo grande, de un gran cambio, y todo lo haría por ella. No sabía cómo ni cuándo llegaría, pero Nihal miró al cielo y pensó de nuevo en esas estrellas que había olvidado durante mucho tiempo.

Esa mañana se dirigió al mercado como de costumbre, a comprar comida y el periódico para su marido. Nihal no sabía leer, por lo que el periódico carecía ciertamente de significado para ella. Sin embargo ese día se fijó en la foto que ocupaba más de la mitad de la primera plana. Se trataba de una patera llena de marroquís que atravesaba las aguas del estrecho para llevarles a España, según había escuchado era la tierra más cercana, la solución más próxima, la única vía de escape que veían la mayoría de paisanos. Claro que entrañaba riesgos, antes ya los había escuchado, gente ahogada en sus aguas, o en el peor de los casos deportada a Marruecos. Pero era una opción mejor que no tener nada. Quería dejar atrás ese país que solo les ofrecía miseria, hambre, muy pocas oportunidades de futuro y discriminación.

Lo más importante en ese momento era conseguir el dinero para que les dejaran viajar a ella y a sus hijos. La pregunta era cómo. Sacó la mano del bolsillo y observó los ocho dinares que le daba diariamente su marido para la compra, y pensó que si le quitaba uno cada día él no lo apreciaría, y así podría poco a poco ir consiguiendo su objetivo. Así lo hizo, día tras día Nihal se las ingeniaba para hacer una compra consistente que no despertara sospechas en Mohammed, y guardar un dinar para ir recaudando su pequeña pero valiosa fortuna.

Pasaron tres meses, todo marchaba bien respecto a su plan de fuga, aunque en casa las cosas cada vez empeoraban más. Ella no veía el momento de salir corriendo, pero debía ser prudente, esperar el momento y no precipitarse.

Una noche cuando llegó su marido a casa era demasiado tarde como para que viniera directamente del trabajo. A Nihal ya todo le daba igual, pero aún así se interesó, más que por rutina de preguntar siempre lo mismo que por preocupación por saber de dónde venía. Pero apenas le dejó entreabrir los labios cuando se los cerró de un golpe que la tiró al suelo. Nihal se puso la mano en la mejilla, y le miró con los ojos llenos de lágrimas. Cuando de nuevo él se abalanzó sobre ella, Nihal se apartó dejando que se diera contra el suelo, y en ese momento aprovechó para hacerle estallar sobre la cabeza uno de los jarrones que decoraban la casa. Acto seguido corrió a por el dinero, cogió a los pequeños y salió corriendo. Sin mirar atrás ni una sola vez, corrió cuanto pudo hasta conseguir llegar a la playa.

Allí vio un gran número de personas y sólo una lancha. Junto con el ansia y desesperación de los allí presentes se entremezcló su alegría y sus sueños, que se agolpaban en su mente, porque apenas faltaban unas horas para que anocheciera, y ya para entonces esperaba estar a salvo en una tierra de promesas y futuro, en una tierra con un cielo limpio de injusticia y plagado de estrellas.

Iba pensando en esos sueños, abrazada a sus hijos, cuando escuchó la orden para saltar. Todo el mundo se aproximó al borde de la barca y se sumergieron en las profundas aguas bravías. Tuvieron suerte aquellos que consiguieron llegar a la orilla, que no fueron todos, pues muchos de ellos no sabían nadar. Hasin y Amina, estuvieron entre el grupo de los supervivientes que llegaron, aunque no se supo más de ellos, sólo que no volvieron a ver a su madre nunca más.

Y allí, en las profundas aguas, bajo aquel cielo de 1975, Nihal se hundió con sus queridas estrellas.

Esta historia está dedicada a todas las mujeres de los países africanos, discriminadas por ser eso, mujeres.

 

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